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lunes, 24 de febrero de 2020

Febrero de desplazamientos: Sevilla

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El mes de febrero empezó con el viaje a Granada, sin embargo, no iba a ser el único. Dos semanas más tarde, tras una victoria en casa frente al Mallorca, volvía a desplazarme para ver al Espanyol a domicilio. Y, de nuevo, al sur. Sevilla me esperaba.

He de decir la verdad: el viaje no estaba pensado ni ideado expresamente para ir a ver el partido, pero los astros se alineaaron, todo encajó y lo pude combinar.

Resulta que desde hace meses había ya comprado unos vuelos para bajar a Sevilla a visitar a mi amiga Fátima, que hacía años que no veía. Sin hacerlo adrede, se dio que el fin de semana elegido coincidía con la visita del Espanyol al Sánchez Pizjuán. Pero es que... para más inri, cuando se publicó el horario del partido, vi que encajaba perfectamente y no se me solapaba ni con los horarios de vuelo que tenía ni con ninguna actividad que quisiéramos hacer. De este modo, a priori el fin de semana sevillano podía ser redondo.

Cogí el vuelo desde El Prat el viernes 14 a las 19:30h. Esta vez salimos puntuales, y llegué a Sevilla cuando pasaban unos minutos de las 21h. En el aeropuerto ya me esperaban Fátima y su marido, José Luís, al que aún no conocía en persona. El reencuentro fue emotivo. Haciendo cuentas... parecía mentira, parecía que no pudiera ser, pero hacía prácticamente nueve años que no nos veíamos. De verdad que me pareció imposible.

Fuimos a cenar a la zona de la Alameda de la misma Sevilla. Nos costó mucho encontrar mesa, aunque sólo fuéramos tres. Se notaba que hacía bueno, que era San Valentín, y que las zonas de bares gustan. Y el tapeo tira mucho. De hecho, durante todo el fin de semna comimos y cenamos de tapas. Una buena cosa.

El viernes fue tranquilo. Cenamos y nos dirigimos a su casa, en la localidad de Espartinas. Ahí se habían comprado su particular casa y convivían con Willy, un perro que, por más dócil que era, parecía más un caballo que un can.

El sábado lo dedicamos al turismo. Como Sevilla capital ya la tenía muy vista, después de desayunar las tradicionales tostás, cogimos el coche y fuimos hasta Ronda. Ahí visitamos el casco antiguo, caminamos bastante por sus calles, nos tomamos unas cervezas al solecito de una terraza, comimos la mar de bien en otra tasca, nos hicimos fotos en sus puentes, y alrededor de las 16h pusimos rumbo a Setenil de las Bodegas.

De Setenil lo curioso es básicamente una calle. Unos edificios contruidos enganchados a la montaña. De hecho, hay partes que están literalmente debajo de la tierra. Curioso aunque, a mi modo de verlo, quizá húmedo en invierno...

Llegamos de nuevo a Espartinas sobre las 21h. Nos duchamos y salimos a cenar a Sevilla. Cenamos en el José Tomás, una tasca muy pequeña en la que básicamente hay mil variantes de cerveza y otras tantas de queso. Y comes a base de cerveza y queso. Una delicia...

Con la barriga llena, nos apeteció caminar un poco por Triana con el fresco de la noche, y entrar luego en una tetería. Echaba de menos aquellas visitas que habíamos hecho años atrás a teterías de Aznalfarache. Una cerveza y una cachimba entre conversaciones y recuerdos.

El domingo amaneció muy soleado. Si el sábado había hecho buen día, se preveía que el domingo haría incluso más calor.

Paseamos a Willy mientras José Luís iba a buscar los churros con chocolate que desayunamos muy gratamente. Con la barriga llena, la pareja me llevó hasta el Hotel NH Collection Sevilla y, tras mis gestiones, me dejaron al lado del Ramón Sánchez Pizjuán. Ellos aprovecharon la mañana para sus menesteres, y yo pude ir al fútbol.

Era la segunda vez que visitaba Nervión. Había estado hacía ya prácticamente tres años, en un partido que acabó en empate, y ahora volvía solo, con la ilusión de sumar y que poco a poco el equipo salga de la zona de descenso.

He de decir que estaba rodeado de muchos más pericos de los que me esperaba. Con los que pude compartir un partido que contó con un himno a capella brutal (es de justicia reconocerlo... vivir ese himno cantado por la afición pone la piel de gallina...), con dos goles locales, con dos goles visitantes, con una auténtica polémica por el uso del VAR y la consiguiente decisión arbitral... y con reparto de puntos que dejaban a un Espanyol con un regusto positivo y a un Sevilla con un regusto bastante amargo (cuando tu objetivo es Europa y no eres capaz de ganar al colista en casa...).

Salí del feudo sevillista y cogí el Metro en Nervión. Tuve que dejar pasar el primer convoi porque estaba a rebentar. El siguiente, que ya era tren especial, sí pude cogerlo para bajarme tres paradas más adelante, en Puerta Jerez. Ahí me esperaban de nuevo Fátima y José Luís. Fuimos a comer por el centro. Entramos en un restaurante de aquellos que llamamos castizos, con cabezas de toro colgadas por todas las paredes.

Al salir, hicimos un largo recorrido a pie por Sevilla. Pasamos por la Catedral, bordeamos el Guadalquivir y llegamos al parking a coger el coche de Fátima.

Me despedía de ellos a las 18h, cuando me dejaron en el aeropuerto con una promesa mutua de vernos sin que tuvieran que pasar otros nueve años.

Pero del viaje aún me tenía que llevar un susto bien grande: al entrar en el aeropuerto y pasar los controles, las pantallas indicaban que mi vuelo (que debía salir a las 19:25h) iba con retraso, y que la hora prevista de salida era... ¡a las 00:05h! ¿Cómo? Suerte que rato más tarde, cuando ya me había dado el jamacuco, la cosa volvió a su cauce y, por el motivo que fuera, el avión salió a la hora que le tocaba.

Llegué a casa a las 23h, después de haber bajado del avión, haber hecho una milla a sprint para poder coger el cercanías de turno sin tener que esperar media hora más... y que el tren me dejara en Montmeló de forma más o menos puntual.

Acababa un desplazamiento más. Un viaje que había servido para recordar una vieja amistad de hace muchos años y del que me llevaba, además, un punto para mi equipo. De todo esto hace apenas 8 días... ocho días que también han dado para mucho.