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jueves, 17 de marzo de 2016

El Molinón, y con el saco cargado

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Gijón era uno de los desplazamientos que tenía en mente. Al igual como San Sebastián, que pude cumplir hace unos meses, ir a la capital del concejo gigonés me llamaba la atención. Es de aquellas cosas, lugares y demás, que, aún sin saber exactamente porqué, quieres probar.

Las fechas y horarios no cuadraban con nuestras respectivas, pero eso no nos impidió organizarlo todo y tirar adelante un desplazamiento que ambos anhelábamos. Xavi Arabia, presidente de la PBB de La Garriga, y un servidor, junto con Diego, un compañero de La Garriga, cogimos el coche el viernes 26 de febrero a medianoche y nos pusimos carretera y manta hacia Gijón. Si os acordáis, ese fin de semana se iba a acabar el mundo. Eran días en que se preveía la tormenta perfecta. Y casi fue así. Tardamos prácticamente once horas en llegar a Gijón. Pasamos viento, lluvia, nieve, más lluvia, más viento y un frío poderoso. Hicimos cuatro o cinco paradas, no lo recuerdo bien, y el viaje se hizo largo. Entre ir conduciendo de noche y el hecho de tener que circular, por precaución, a 90-100km/h, cuando llegamos al hotel Silken Ciudad de Gijón dijimos "Afú, ya era hora".

Antes de aposentarnos en el hotel hicimos parada en El Molinón. Xavi y Diego ya habían visitado el estadio alguna otra vez, sin embargo, era mi debut en Asturias. Llegamos a El Molinón y dimos la vuelta protocolaria al estadio. Entramos en la tienda oficial, compré mis bufandas y pines, y nos hicimos la obligada foto delante de la estatua de Preciado. Qué recuerdo, qué buen recuerdo, rescata la memoria del hombre.

La lluvia no cesaba. Ya en el hotel, cerca de las doce del mediodía, aprovechamos Xavi y yo y nos relajamos en el spa. Al reservar la habitación nos concedieron ese privilegio gratuito, y debo reconocer que nos fue magníficamente bien poder desentumecernos en aguas calientes y chorritos burbujeantes después del largo viaje (que no estuvo exento de patatas, chuches y bebidas gaseosas).

Pasadas las 13h entramos en el primer restaurante que encontramos saliendo del hotel y comimos. ¡Nos pusimos las botas! De hecho, ni nos lo pudimos acabar todo. Si es que cuando se dice que como en España no se come en ningún sitio... ¡cuánta razón!

Después de comer fuimos a dar un largo paseo por Gijón. Yo no conocía la ciudad, y me gustó mucho poder visitar las playas y ver el centro justo antes de ir hacia el estadio de nuevo. Caminando recorrimos todo el paseo marítimo. Vuelvo a repetir: la lluvia no cesaba.

Llegamos al estadio y esperamos a Jorge, representante de la Federación de Peñas Sportinguistas, y le obsequiamos de parte de la FCPE con unas bufandas y unos pines. Tras disfrutar un rato del ambiente en los aledaños del campo, entramos en El Molinón. Nuestras entradas eran de un sector más noble, pero nosotros queríamos ir con los nuestros, estar en el sector visitante y animar. Así que pedimos permiso a los stewards de turno y nos unimos al medio centenar de aficionados, asturianos y catalanes, que se encontraban en el sector visitante. Al autocar de la Penya Juvenil que venía de Barcelona (y que traía gente de Mataró, Mollet, etc.) se le sumaron representantes de la peña de Palencia, Montmeló y La Garriga. Y seguro que me dejo alguna embajada.

El partido no pudo empezar peor. De hecho, el equipo no jugaba mal, pero encajó un gol y todo auguramos un mal presagio. Las nubes de tormenta era la metáfora perfecta. Pero nos equivocamos, ya lo sabéis. 2-4 fue el resultado final en un partido en el que disfrutamos gratamente (y también tuvimos un punto de sufrimiento, claro) mientras en el local de la peña de Montmeló tenían que escuchar la retransmisión por la radio por un problema de antena con el Canal+.

Después de esperar un rato a que se desalojara el estadio, la afición contraria pudimos salir. Xavi y yo nos pusimos a andar hacia el hotel. Pero la que caía no era normal. El paraguas no servía para nada debido al intenso viento que soplaba. Como si nos hubiéramos metido en una piscina aterrizamos en un McDonald's para cenar e, ilusamente, ver si menguaba la lluvia. Pero eso parecía más bien una utopía. Después de cenar retomamos el camino hacia el hotel. Recorrimos de nuevo el paseo marítimo con el sonido de las olas que rompían en el muro.

Al llevar al hotel, algo antes de medianoche creo recordar, me metí ipso facto en la ducha. Una ducha caliente, ardiendo. ¡Qué bien me sentó quitarme las ropas mojadas!

Dormimos a pierna suelta (cada uno en su cama, no penséis mal) tras comentar cómo había ido el día y mandar unas fotos a los compañeros de la FCPE, que desde Barcelona sentían envidia sana de nuestra experiencia.

Ya el domingo, nos levantamos temprano para dejar el hotel y ponernos rumbo a casa. Antes de partir nos hicimos una foto bien curiosa: cargamos un saco con un +3 pintado simulando que volvíamos a casa con los tres puntos.

Ocho horas más tarde (ojo, tres horas menos que en la ida), llegué a Montmeló. A Xavi y Diego les quedaban unos veinte minutos antes de llegar a La Garriga. Dejábamos atrás un desplazamiento muy grato, con un estadio acogedor y una afición anfitriona amable, y con el final feliz de volver con ni más ni menos que tres puntitos, por la carretera.