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sábado, 26 de septiembre de 2015

Anoeta, una victoria entre ondas

1 comentarios
 
Hacía muchos años que tenía pendiente este desplazamiento, y sea por suerte o por cabezonería, al final lo he podido hacer. De pequeño recuerdo ver Anoeta como un estadio fantástico, bonito, con sus ondas de gradas cual olas del mar, y lo recuerdo pegando su cromo en el álbum de alguna que otra temporada mientras decía "Toma, ya lo tengo."

Cuando se publicó el horario del partido, sábado a las 22h, ya sabía que esta vez no se me iba a escapar. Y es que ya iban varias veces que por una razón u otra dejaba de realizar el desplazamiento. Así que, aunque apuré un poco esperando en vano si alguna peña lo organizaba, el lunes 14 decidí reservar plaza en un hostal y así asegurarme de que iba a emprender el viaje.

No fue un viaje de vida ultra como otros que he hecho, ni mucho menos, sino que cogimos mi mujer y yo el coche el sábado 19 de buena mañana y nos pusimos carretera y manta hacia San Sebastián. Además, sin prisas que íbamos, decidimos desechar los peajes (sí, ambos somos catalanes; para qué pagar) y tomar la carretera convencional, la de toda la vida. Casi seis horas tardamos en llegar a destino tras una parada en Ayerbe para desayunar. Fue un trayecto realmente bonito. El hecho de frecuentar carreteras nacionales nos hizo ir más lentos y también pasar por más curvas, pero ladear ríos, cruzar puentes sobre lagos y recorrer pueblos aragoneses fue muy enriquecedor.

Llegamos sobre las 14h a Urnieta, un pequeño pueblo a apenas 15 minutos de Donostia, en el que comimos tranquilamente y nos instalamos en el hostal que habíamos reservado. La siestecilla, aunque nos privó de hacer algo más de turismo por la capital, no fue nada mal para descansar.

Algo más tarde de las 18h salimos hacia San Sebastián. Aparcamos muy cómodamente cerca del complejo que rodea el estadio de Anoeta y fuimos entonces a conocer la zona. Pasamos por la tienda oficial de la Real Sociedad, donde compré bufandas y pines, y dimos un rodeo por el barrio, cuyos bares estaban teñidos de txuri-urdin con banderas gigantes. Se notaba que la Real era el equipo de la ciudad y todos los establecimientos de los aledaños apoyaban al anfitrión (y aunque no sea de corazón, como mínimo por el negocio).

Cenamos en una pequeña tasca con un nombre típicamente euskaldun que no consigo recordar, y nos dirigimos a recoger la entradas. En ello estábamos cuando coincidimos con Joan Collet, presidente del RCD Espanyol, y su mujer, que habían hecho el mismo plan que nosotros en su coche particular, aunque ellos con un día más de viaje. Cuando acabamos la conversación, Marta me hizo reflexionar. Me decía que cómo podía ser que pudiéramos mantener una conversación tan distendida con el presidente de un club de fútbol como el Espanyol, que cómo podía ser que nos tuteáramos con el presidente de un club centenario como el Espanyol, que cómo podía ser que hiciéramos bromas, comentáramos la alineación y el mismo presidente de un club de Primera División nos conociera personalmente, supiera quiénes éramos, de dónde veníamos y nos abrazáramos con él. Lo pensé fríamente y me sentí orgulloso. De conocer al presidente, sí, pero más de tener a un presidente tan cercano como él.

Entramos al estadio tras subir muchas escaleras y dimos varias vueltas hasta encontrar nuestros asientos. Anoeta no era tal como me lo había imaginado, pero me impactó. Me sorprendieron las ondas que hacen las gradas, algo bellísimo. Me sorprendió también la calidad del sonido interior, en donde un grupo de menos de cien aficionados podía hacerse oír y animar a toda la afición con muy poco esfuerzo. Y me sorprendió la poca cercanía con el césped; es lo que tiene el estadio olímpico, hablamos por experiencia.

Sufrimos y disfrutamos con el partido a partes iguales. Mientras perdíamos, con la expulsión de un jugador txuri-urdín, con los empates y con cada uno de los tres goles que dieron la victoria y los tres puntos al conjunto de Sergio González. Veníamos de perder contundentemente contra el Real Madrid en casa, y esta victoria a domicilio nos supo a gloria. 

Salimos del estadio sin tener que esperar. Fuimos a buscar el coche y en apenas media horita estuvimos ya en el hostal. Me habían advertido de caos en la operación salida, pero ni mucho menos nos encontramos con tal. Éramos aún no 20.000 en el estadio y no tuvimos problema alguno.

Pasamos la noche descansado en el hostal (con también nombre vasco como Txoco-Maitea) para, a las ocho de la mañana, volver a coger el coche y dejar atrás Urnieta, Donostia y Euskal Herria. El viaje de vuelta lo hicimos del tirón, y poco después de las 13h ya entrábamos por la puerta de casa. Viaje cortito pero con sabor a poder realizar un desplazamiento deseado y a victoria, que vino de perlas.

One Response so far.

  1. Como mola viajar así macho , todos los desplazamientos son bonitos , siempre hay anécdotas y cosas que contar luego. Personalmente también me gustaría conocer ese estacio con sus " ondas ". Lo has contado todo con pelos y señales ¡¡ , se vé que os lo pasásteis en grande ¡¡
    Saludosssssss ¡